
Hay días en que el ánimo pesa, y esta práctica no busca cambiarlo ni arreglarlo: solo te invita a sostenerlo con un poco más de amabilidad.
Empieza cerrando los ojos o bajando la mirada. Haz tres respiraciones lentas y profundas, soltando un poco de tensión en cada espiración; en la tercera, di para tus adentros una palabra que te ancle, como «aquí» o «presente». Deja que la respiración vuelva a su ritmo natural.
Ahora nota cómo se siente ese ánimo bajo en tu cuerpo: puede ser un peso en el pecho, cansancio, un vacío. No hace falta ponerle nombre exacto, solo ubicarlo.
Si aparecen pensamientos como «esto no debería pasarme», trátalos como nubes que cruzan el cielo: no son hechos, son solo pensamientos que acompañan al bajón.
Si te resulta cómodo, coloca una mano sobre el pecho y repite, con tus propias palabras, algo como: esto que siento es difícil; no soy el único o la única que ha pasado por algo así; que pueda tratarme con la paciencia que le daría a alguien querido.
Cierra volviendo a la respiración, moviendo suavemente manos y pies, y abriendo los ojos cuando estés listo o lista.
Esta práctica acompaña el bienestar emocional; no sustituye un tratamiento. Si el malestar es intenso o persistente, conviene buscar apoyo profesional.